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Valentín, el santo que fue asesinado por defender los derechos de la mujer

San Valentín / Ignacio Crespí de Valldaura

COLUMNISTA: Ignacio Crespí de Valldaura

Valentín nació en Interamna (hoy, Terni, situado a cien kilómetros de Roma). Fue un médico y Obispo ubicado en los siglos II y III de nuestra era. Cuenta la tradición que puso su vida en peligro, en numerosas ocasiones, por administrar los sacramentos en tiempos de persecución y sobre todo, por celebrar matrimonios cristianos.

Fue ostensiblemente conocido por casar a soldados romanos, en un momento en el que les estaba prohibido; bajo la justificación de que la milicia no era compatible con la vida matrimonial, puesto que semejante ligamen emocional les restaría furor en la batalla. Así, lo entendía, henchido de avaricia patriotera, el Emperador Claudio II.

Con el pretexto de que Valentín le había desobedecido, el Emperador ordenó su arresto. Fue encarcelado y azotado en la Vía Flaminia, situada en las proximidades de Roma.

Como Valentín era una persona muy querida, se decidió que fuese ejecutado y enterrado en secreto. A la sazón, murió decapitado un 14 de febrero, en torno al año 270.

Es posible que fuese el Papa Julio quien hizo edificar -en memoria de San Valentín, el mártir- una iglesia cerca de Ponte Mole. La mayoría de sus reliquias se encuentran, ahora, en Santa Práxedes, cerca de la Basílica de Santa María la Mayor (en Roma).

La festividad de San Valentín puso fin a la celebración de una fiesta pagana en la que se azotaba a las mujeres

San Valentín fue decapitado un 14 de febrero, fecha que coincide, cronológicamente, con la celebración de las lupercales (las cuales tenían lugar entre los días 13 y 15). Durante el desarrollo de esta fiesta romana, un puñado de hombres correteaban, semidesnudos y ataviados con pieles, detrás de unas mujeres, para fustigarlas con tiras de piel de cabra, bajo la creencia pagana de que, golpeándolas, avivarían su fertilidad.

El testimonio de vida de este santo -y consiguiente martirio- terminó por desencadenar que la celebración de las lupercales fuese sustituida por la festividad de San Valentín. Si murió decapitado en torno al año 270, en el 496, el Papa Gelasio I instauró el 14 de febrero como su fiesta santa.

La sustitución de las lupercales por la festividad de San Valentín es un ejemplo adicional -entre la marabunta- de cómo el catolicismo, a lo largo de la historia, ha velado por la integridad del sexo femenino en todas sus dimensiones; a la venida de Cristo al mundo, Quién impidió que una mujer fuese apedreada por cometer adulterio, le debemos la abolición de la poligamia (entre muchas otras cosas, a las que dedicaré un artículo tan extenso como contundente).

Más festividades cristianas que acabaron con celebraciones sádicas y truculentas

Otro paradigma civilizatorio obsequiado por la cristiandad, en lo que a festividades se refiere, es el origen del árbol de Navidad. En las proximidades de Geismar, una localidad situada en la región de la Baja Sajonia, había una comunidad de paganos que realizaban sacrificios humanos -cuyas víctimas solían ser niños- como ofrenda a Thor, el dios del trueno. La escabechina era perpetrada en la base de “El roble del trueno”, al que consideraban sagrado. Según la tradición, San Bonifacio, en la víspera de Navidad, lo taló de un hachazo, apelando a Cristo, con la máxima de evitar que se cometiesen más asesinatos. Con la madera del roble caído, construyó una capilla. También, señaló a un pequeño abeto y lo llamó “El árbol del Niño Jesús”.

El día 31 de octubre, la festividad de Todos los Santos sustituyó a una fiesta pagana que tenía lugar el mismo día. Los celtas celebraban que el “dios de la muerte” -una deidad un tanto macabra- permitiese a los difuntos volver a la tierra en tal fecha. Esto último forma parte de lo que representa la conmemoración de Halloween; conmemoración en la que se celebra el comienzo del nuevo año satánico, la costumbre del “truco o dulce” (en virtud de la cual los católicos eran perseguidos en Inglaterra, y sus casas asaltadas y vandalizadas), y que tiene como estandarte una calabaza, con todo lo que ello significa (en la leyenda irlandesa de Jack y la calabaza, el protagonista no podía entrar al infierno a causa de los trucos que le había jugado al demonio, por lo que fue castigado a deambular por la eternidad en forma de calabaza).

Una reflexión personal sobre el hecho de que el Emperador Claudio II prohibiese el matrimonio en tiempos de San Valentín

Como he indicado ut supra, Valentín celebraba matrimonios cristianos en tiempos de persecución, y el Emperador Claudio II tenía expresamente prohibido a los soldados romanos casarse, bajo el subterfugio de que la vida conyugal reblandecería emocionalmente a sus tropas. Esta fue la razón que espoleó al autócrata a ordenar el martirio de este santo.

Pues bien, algo similar -aunque en una versión más aterciopelada- sucede en el presente: a los poderes fácticos, parece que les interesa debilitar a la familia y menguar la natalidad, movidos, en buena medida, por espurios intereses económicos. De hecho, es algo reconocido abiertamente por los padres del pensamiento económico. No es nada oculto, ni envuelto en telarañas conspirativas.

David Ricardo, por ejemplo, desarrolló su Ley de bronce de los salarios, que consiste en que si los integrantes de la sociedad tienen menos hijos, se acabarán conformando con recibir un sueldo mucho más bajo.

Jean-Baptiste Say, en su Tratado de economía política, sublimó al soltero como un trabajador muy conveniente, por carecer de la necesidad económica de mantener a una familia.

Robert Malthus fue un teórico de la economía tan antinatalista que el concepto “maltusianismo” es un sinónimo de la palabra “antinatalismo”.

John Stuart Mill defendió, en su obra La esclavitud de la mujer, que se enfrentase al sexo femenino con el masculino, en aras de ensalzar su individualismo profesional, como sustitutivo de su inclinación a la maternidad.

¿No te resulta todo esto un tanto familiar?

Contacta aquí con el escritor Ignacio Crespí de Valldaura, autor de este artículo

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