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‘La Isla de Meritocracia’, un cuento de esos que hacen pensar

COLUMNISTA: Pepocles de Antioquía

Erase una vez una ciudad como otra cualquiera, pero con sus bordes bañados por aguas oceánicas, con fisonomía de islote y perteneciente a un archipiélago archiconocido. Un aciago día, dejó de ser como otra cualquiera, puesto que sus diversas plutocracias decidieron instaurar un régimen llamado Meritocracia, con ideología indefinida (“transversal”, como dicen las lenguas modernas). El nuevo gobierno estaba comandado por dinosaurios de corrientes muy diversas, escoradas tanto a izquierda como derecha del tablero político. El lema del sistema pasó a ser Esfuerzo, Ambición, Competición.

¿Cómo funcionaba la Isla de Meritocracia?

En Meritocracia, a cada persona, se le despojaba de su identidad en el mundo académico y profesional, y se le atribuía un número para identificarla de manera anónima. Casi todo era sometido a un examen institucional, por lo que sus habitantes vivían enfrentándose a una especie de Selectividad permanente. Eso sí, con la salvedad de que se aprobaba por descollar frente al resto, por destacar, por brillar, como en una oposición. El aprobado se ganaba por competición, no por superar el cinco.

En cualquier empresa, hasta en las de proporciones más diminutas, era obligatorio pasar un férreo proceso de selección. Ni el propio dueño podía introducir en su entidad a sus familiares, amigos ni recomendados sin superar la prueba. Y para obtener un ascenso, no era suficiente con hacer bien el trabajo, sino que había que aprobar un examen con el citado formato de competición u oposición. Cada nueva andadura, cada movimiento, cada paso era sometido a la obtención de una titulación previa. No se podía publicar un artículo, un libro, una obra de arte, ni una teoría filosófica novedosa sin lograr el correspondiente diploma.

Los habitantes de Meritocracia empezaban a vislumbrar que este sistema, fundamentado en el lema Esfuerzo, Ambición, Competición, no había aumentado la productividad de las compañías, ni la sabiduría de la población.

En las compañías, no ascendían los que mejor desempeñaban su trabajo, sino los que eran más duchos y sacrificados a la hora de memorizar al pie de la letra el contenido de los exámenes. Los filósofos de ideas rompedoras brillaban por su ausencia, dado que los empollones con buena memoria arrebatan la licencia del pensamiento a los intelectuales autodidactas. Muchos escritores excelsos, pintores prodigiosos, músicos formidables y egregios artistas de la índole más diversa fueron condenados a la irrelevancia. Ni los profesores, ni los divulgadores históricos eran valorados por sus dotes didácticas o pedagógicas, sino por su esfuerzo, denuedo y abnegación para superar un examen por competición. Lo mismo ocurrió en las profesiones que exigían habilidades comerciales y creativas. También, la figura de la empresa familiar, uno de los pilares de la economía desde el Medievo hasta nuestros días, quedó hecha añicos.

En las escuelas, la dificultad de cada asignatura era tan exorbitante que había genios de la física o de las matemáticas sin poder acceder a estudios universitarios, ya que no eran capaces de superar una ardua oposición en el terreno de las letras. Lo mismo ocurría con humanistas prometedores en la órbita de las ciencias puras. El mundo se estaba perdiendo la genialidad de muchas personas en su campo. Todo por culpa de un nuevo sistema basado en una “titulitis” desaforada y en una rigidez superlativa.

El talento natural ya no puntuaba, sólo el mérito y la capacidad de sacrificio. Esfuerzo, Ambición, Competición, resonaba en los megáfonos de esta particular urbe.

Para más inri, el ambiente que se respiraba desprendía un olor pestilente. La figura del prójimo quedó sustituida por la del competidor. La amistad y la vida social se vieron reemplazadas por relaciones de poder, por demostraciones de fuerza y vigor. El reino de la zancadilla extendía sus tentáculos por todos los confines. La alegría, el buen humor, la generosidad y la calma fueron condenadas al ostracismo. El estrés, la competitividad de rapiña y el sacrificio pasaron a ser los nuevos baluartes. Todo quedaba reducido a la consigna Esfuerzo, Ambición, Competición, la cual refulgía en las banderas institucionales y era cacareada por algunos habitantes mientras propinaban puñetazos al aire haciendo ejercicio.

¿Qué acabó sucediendo? Pues, que Meritocracia cayó por su propio peso. Hubo un aspecto que se les escapó a las plutocracias gubernamentales, y es que para acceder al poder, también, instauraron un sistema de oposiciones. A raíz de esto, irrumpieron en las instituciones personas muy preparadas, capaces de percibir el absurdo de este sistema y el descontento expansivo de la ciudadanía. Por dichas razones, fueron ellos mismos quienes lo abolieron, en pos de restañar la normalidad. Gracias a Dios, las aguas volvieron a su cauce. Meritocracia fue demolido por los propios dueños del mérito.

Todo volvió a la normalidad, incluso con su sinfín de desatinos, tejemanejes e imperfecciones. Con sus luces y sombras, la recuperación de lo anterior fue para bien.

Estos meritorios gobernantes, estos tecnócratas de pro, al ser tan de carne y hueso como el resto de los mortales, también, pecaron de corrupción y de amañar los resultados de los exámenes de acceso al gobierno, en aras de colocar a sus camaradas. Tampoco, tuvieron agallas ni especial interés en derogar las leyes de encumbrada inmoralidad, puesto que su mérito no tenía por qué ser sinónimo de Santidad. Su prodigiosa inteligencia no les elevaba a las categorías de prohombres, protohombres, ni semidioses. En resumidas cuentas, la normalidad terminó retornando con todas sus letras.

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